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En la buena compañía de uno mismo

El que se siente mal cuando está solo consigo mismo, está en mala compañía. Lo cual es una mala  noticia cuando se tienen que pasar muchas horas del día sin más compañía que la de los propios pensamientos. Durante este viaje a España, en un vuelo de más de nueve horas, recordé que entre 2004 y 2006, luego de haber pasado por diversos cargos en las más variadas empresas, llegué al cargo soñado para cualquier vendedor: gerente regional para América Latina de Sistemas de bases de datos de Microsoft. Como despachaba desde las oficinas en Fort Lauderdale, requería viajar constantemente a todas las capitales de la región.

Esos viajes tenían la particularidad de que podía invertir dos días enteros entre traslados, esperas en aeropuertos y pernoctas en hoteles, para sostener una reunión de unas cuantas horas. Es decir, que en un lapso de 48 horas, podía estar cerca de cuarenta horas con mi única y amable compañía.

Estar solo con uno mismo ayuda a poner las ideas en orden. Y dentro de esas ideas siempre estará, por supuesto, la búsqueda de esas certezas acerca de lo que uno quisiera hacer el resto de su vida. O, mejor dicho, de lo que podría hacer el resto de la vida sin sentir que se hunde en la rutina ni que un día se despertará, agarrará un morral y se internará en la selva tras la búsqueda del sentido de la vida, como ocurre con los protagonistas de ciertas películas.

Lo cierto es que en una de esas conversaciones privadas, durante el viaje en un avión que me llevaría a una reunión con un equipo de trabajo de alto nivel, comencé a sentir que a esa vida soñada le faltaba algo que no era fácil de definir. En medio de esa conversación conmigo, viendo a la aeromoza explicar el uso del chaleco salvavidas, descubrí que estaba extrañando el contacto directo con la gente común. Asistía a frecuentes reuniones con personas con mucho conocimiento del tema y que, además, se preparaban minuciosamente para hacer más eficientes esa reuniones. Y ahí, repasando una de esas escenas en mi mente, descubrí que necesitaba persuadir a alguien de las bondades de lo que yo tuviese que ofrecerle. Que ese apasionante ejercicio tenía un encanto que estaba echando de menos.

Entonces recordé la vieja (e infalible) fórmula de la felicidad: qué es eso que pagaría por hacer, y encontrar quien me pagara por hacerlo. La experiencia me ha indicado que quien resuelve esa ecuación puede sonreírle al lunes cuando lo ve acercarse desde la noche del domingo. Y ese medidor es infalible.

Fue así como descubrí que el cielo para mí tenía la forma de una actividad que me mantuviese en contacto con la gente, y a la vez que me permitiera trasmitir esa pasión que sentía por las ventas. Y fue de esa manera que encontré en las conferencias orientadas a dignificar la profesión de las ventas la respuesta a esa ecuación.

Esas largas conversaciones conmigo sin llegar a aburrirme no sólo me permitieron llegar a esa feliz conclusión, sino que me condujeron a indagar en la psicología del otro. Encontrar lo que me entusiasmaba me permitía buscar la manera de motivar a los demás, de influir en su ánimo. Para ello fue fundamental sustituir aquel consejo de oro según el cual debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran, por uno de platino: “trata a los demás como a ellos les gusta que los traten”.

A veces he llegado a la conclusión de que todas las horas que estuve en mi sola compañía en viajes y esperas para embarcar vuelos, se convirtieron en un postgrado de observación y conocimiento de mí y, por ende, de los demás. Y el buen vendedor, con la disposición adecuada, siempre estará aprendiendo algo que podrá aplicar en su profesión.

  1. Excelente artículo, desde que en el mundo viven seres humanos, estos se han dedicado a busca y explorar el yo interno, en busca de la felicidad personal, pero muy pocos la han conseguido, debido a no saber conocerse a si mismo… Éxito en España

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