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Motivos: preguntarnos por qué antes que cómo

Según el compositor venezolano Italo Pizzolante, hasta escribir un poema es fácil si existe un motivo, y aunque no vamos a hablar de poemas, sí vamos a hablar de motivos, que será lo que nos permitirá no solo escribir poemas, sino llevar a cabo todo lo que nos propongamos hacer en la vida.

Y es que la existencia de los motivos adecuados puede ser la diferencia entre llevar a cabo un proyecto a buen término o no. Es, de hecho, el condicionante principal para lograr nuestros proyectos.

Cuando las personas se sientan a evaluar los resultados de sus proyectos (usualmente porque no coinciden con sus expectativas, porque nadie suele sentarse a revisar los proyectos cuyos resultados fueron satisfactorios) suele tomar en cuenta dos elementos: ¿Qué hicieron y qué resultados obtuvieron? Es decir, sus conductas y los resultados derivados de éstas. Pero hay un elemento que da inicio a este ciclo, el cual suele pasar desapercibido por la mayoría de las personas, que es la motivación. Antes de las conductas se encuentran las motivaciones. El ciclo del asunto sería el siguiente: Motivaciones -> Conductas -> Resultados, el cual podría generar un círculo virtuoso o vicioso según sean los resultados que estemos obteniendo.

Las motivaciones son el motor invisible que, una vez que logramos concientizarlo, se convierte en el norte que orienta nuestras acciones. Levantarse de la cama todas las mañanas, ponerse un atuendo deportivo y salir a la calle, para pasarse tres y cuatro horas en un gimnasio son conductas que llevarán a un deportista a prepararse adecuadamente con miras a un encuentro deportivo del que pretende salir triunfante. Y ciertamente dichas conductas parecen apuntar en la dirección adecuada. Pero, ¿son ellas las que le permitirán mantener ese ritmo de trabajo y esa disciplina? ¿Si una mañana amanece tormentosa o el frío de la calle no parece invitar a abandonar el calor de su cama, mantendría inalterable su disciplina? Es muy probable que pueda tener la fuerza de voluntad para mantener su rutina de trabajo, pero también es muy probable que flaquee y decida, razonablemente, permanecer en cama como se lo pide todo su cuerpo.

¿Qué hace entonces la diferencia? ¿Qué le hará mantener con voluntad férrea esa rutina durante tres o cuatro meses? Si este deportista no tiene la vista puesta en ningún objetivo y posiblemente ese encuentro sea para él uno más de una lista de encuentros, es muy probable que le parezca que ese esfuerzo carezca de sentido. Pero si, en cambio, ese encuentro es vital para él debido a que podría significar un salto a otra categoría o cambiar su vida de alguna manera, es muy probable que no haya nada (ni un torrencial aguacero) que le impida salir todas las mañanas a cumplir religiosamente su rutina de ejercicios y entrenamiento.

¿Qué es lo que hará la diferencia en ese caso? Los motivos. Ellos serán los encargados de darle a su mente razones para mantener esas conductas positivas que lo llevarán, muy probablemente, a mantener un foco muy fuerte en sus entrenamientos, e incrementen las posibilidades de salir victorioso del encuentro para el que se está preparando.

“El éxito es la habilidad de ir de fracaso a fracaso sin perder el entusiasmo”, dijo en una ocasión alguien que demostró a la Humanidad saber de tesón y voluntad: Winston Churchill. Y para no perder ese entusiasmo, lo ideal es que ante cada empresa que decidamos acometer, nos preguntemos más que el cómo lo lograremos, el por qué lo queremos lograr.

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